Dicen que las mujeres son poco solidarias con su género. Generalizaciones más o menos, la cosa es que no basta con tener ovarios para considerarse parte de la población femenina. Es inexacto que entre las minas no haya complicidad y respaldo en determinados contextos. Lo que ocurre es que eso se reserva para las que lo ameritan, porque – NO SE ENGAÑE – no es suficiente con sólo producir estrógeno y si vamos a ejercer la lealtad y respeto entre nosotras, lo aplicaremos con quien no nos haga pasar vergüenza por pertenecer al género femenino. Por lo tanto, señoritas y señoras, si ustedes se identifican con alguna de estas conductas, no espere condescendencia o simpatía por parte de todas las mujeres. Muchas de nosotras ya las hemos eliminado mentalmente de nuestro entorno, aunque ustedes sigan insistiendo que existen.
1. La incontinente. Alguien le dijo a esta mujer que compartir hasta el último sucio, triste, alegre o doloroso suceso de su vida con alguien que conoce por 48 segundos es equivalente a crear lazos. Yo no tengo idea por qué, pero en lo que va de este año ya me han tocado dos de este tipo. Lo penoso es que esperan que uno empatice, opine y les palmee la espalda luego de esta verborrea. Pues no, todo el tiempo uno se pregunta cuánto demorará el ascensor en llegar al piso esperado para poder salir corriendo.
2. Weight watcher. La clásica que ha vivido a dieta desde los 14 años y sabe, cuenta y retiene cada caloría que ingiere ella, su pareja, sus amigas, compañeros de trabajo, etcétera. Se sabe todas las dietas, tiene los pantalones de cuando logró llegar a la talla 40 y cuenta como un logro que en el verano del 2003 usó un bikini precioso. Probablemente sea la que más adelante relate lo flaca que estaba el día de su matrimonio, pensando que ese fue su momento de gloria. Mirará con envidia a cualquiera que se zampe una hamburguesa o un helado sin culpas y le encontrará celulitis hasta a Angelina Jolie. De puro penca. O sea, un encanto de mina. Puaj!
3. La novia. OK, tiene el vestido de novia en la cartera, en el bolsillo, como archivo de texto y su color preferido es el blanco. Su peor temor es que todas sus amigas y hermanas se casen antes que ella. Por eso, cuando le llegue el turno ya sabe cómo será su ramo, la lista de invitados y hasta el color de los manteles. Mareará con el último detalle que a nadie le interesa. Y ofrecerá frases como “cuando tú te cases..” o la mejor: “yo sé que vas a encontrar a alguien”. Porque sépanlo: después de pasar la etapa nupcial se sentirá como si hubiera hecho un doctorado que la convertirá en la mujer sabia, responsable y alejada de las costumbres de su pasado juvenils. No, ella será una señora respetable y con MARIDO, que es lo que importa. Un clásico en el apartado “pololas de amigos a las que difícilmente hablaré y me odiará por siempre”.
4. La tarada. No sé si es necesaria más explicación, pero normalmente suele estar relacionada con la nº 3. Si llegó a estudiar algo, fue algo fácil para terminarlo luego. Probablemente los trabajos se los hacía el pololo, la mamá u otros compañeros. Si es que trabaja, lo hace en lo primero que encontró y es posible que siga ahí a menos que la echen o se dé cuenta que le han sumado tres otras ocupaciones por el mismo sueldo. Quizás llame a la pega si está lloviendo para preguntar si hay que ir a trabajar y se encontrará minísima y tan distinguida por el traje dos piezas de uniforme que la obligan a ocupar en el trabajo. Mediocre hasta la médula. NEXT!
5.
La apéndice. Nunca cachó qué le gustaba hasta que conoció a su pareja. Desde entonces, encontró su vocación, su religión, sus amistades, sus gustos musicales e incluso, sus preferencias sexuales. Eso sí, está convencida que es todo idea suya. Lo que la distingue es que constantemente trata de persuadir verbalmente a todo quien se le cruce de lo realizada e independiente que es, aunque cada vez que hace algo que agrada a su pareja lo celebra como si hubiera descubierto la cura para el Sida, porque su mayor temor es que él se dé cuenta que ella es una
Zelig y la deje. Mientras tanto, trata de pasar por alto el hecho que a su media naranja poco le importa cuánto le copie, siempre la verá como su rémora. Lo triste: todo el resto de la gente a quien trata de impresionar la ve de la misma manera.
6. La mina. No es bonita. Probablemente tampoco tiene un cuerpo soñado. No se trata de eso, sino de la clásica señorita que busca la aprobación masculina a partir de su aspecto. Muere por un piropo de algún compañero de trabajo, de su profesor o del colectivero. Se reconoce en una oficina, porque es la que pasa diciendo corazón, mi amor, darling a cualquiera del género masculino y propiciando el toqueteo. Con las mujeres hace lo mismo: agarra del brazo, se ríe encima de una y cuenta una y otra vez el comentario que le hizo Juanito. Normalmente termina con un “y qué pensai tú?”. ZZZzzz.
7. La despechada. Una lata. No puedo empatizar con una mujer que todo lo que habla – a quien conozca y a quien no - es sobre su ex, lo pésimo que era en la cama, lo feo que es, lo avaro, sin clase y mil críticas más. Si el ex tiene pareja, se aproxima otra hora más de charla intrascendente y cargada de amargura tratando de pasar piola en el esfuerzo por demostrar lo bien que se encuentra sin él. Sufriente, como si fuera un don. Si sólo uno pudiera desvanecerse en el aire cuando esa raza aparece.
8. La sobria. Personalmente, no confío en nadie que no tome ni fume, sea hombre o mujer. Teniendo eso como premisa, no tengo problemas con las personas que no toman. Pero “la sobria” no sólo no aplica copete, sino que es la que empieza a decir “van a pedir otro????” o bien “este es el segundo (tercero, cuarto, etc)”, como si alguna fuera a irse manejando a la casa. Básicamente, no está preocupada por la integridad física de las bebedoras y eso la diferencia de las AMIGAS que no toman. Simplemente, se subió al pedestal de la moralidad y buenas costumbres y nunca más supo cómo bajarse de ahí. Comentará con un tufillo insidioso acerca del estado de tal o cual, dejando en evidencia que ella jamás haría algo así. Sin duda, la que más me gusta, porque uno siempre se encuentra presente cuando la estandarte de la virtud da un paso en falso y se da cuenta que es humana. Como todos.
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