Ayer hablaba con una amiga sobre los cambios. Transformarse, mudar de piel. Históricamente le he temido a esos procesos e históricamente también he sido parte y causa de los mismos. Uno tras otro. Son pocas las situaciones realmente estables en mi vida. No me refiero a inmutables, porque no pretendo que todo sea como un museo sin más cambio que el polvo que se acumula en rincones. Hablo de personas, sentimientos y circunstancias que se prolonguen en el tiempo, que me acompañen de manera en que encajen en mi vida para continuamente tenerlas en mente cada día, acepar su presencia, tomarlas de la mano, poner un puesto en la mesa, considerarlas parte constitutivas de mí. Y a pesar de tener conciencia de que no se puede siempre contar FÍSICAMENTE con los mismo personajes o situaciones, me cuesta asumirlo. Me rebelo hasta con la muerte, se entiende? No me quejo, pero muchas veces siento que eso de los cambios no es lo mío. Sorprendentemente, cuando este tipo de declaraciones se desalojan de mi garganta, ocurre lo de siempre: me tiro por la ventana, cual pendenciero en bar del oeste, rodando y sacudiendo los vidrios rotos. Control de daños: aún puedo contar mis siete vidas. Me incorporo y camino. Todo lo demás? Se guarda en un bolsillo, los respiro, los odio, los protejo, los recuerdo y prendo velas, los entierro, los olvido, los amo. Y sigo. A ver de qué estamos hechos.
Porque los cambios de paisaje, actores y temas no me gustan, pero hay que tener valor para llevarlos a cabo. Así, de un tirón. Sin pedir permiso para cerrar la puerta con cuidado, sin fiestas de despedida. Y se me da bien la renovación. Estoy en ese proceso ahora. La diferencia es que esta vez es mi decisión, así que si me ve cabalgando durante una puesta de sol hacia el horizonte con un cigarro apenas asomando por mis labios, no se frote incredulo los ojos. Soy yo.