Otras historias para gente rara

Lo que usted nunca quiso saber de mí en un solo lugar

sábado, enero 16, 2010

16 de Enero de 1996

Me gustaría creer que aún conservo tu olor, ese olor que me prometí guardar en una caja de madera junto a un anillo que me regalaste y a tu carnet de identidad. Era olor a jabón de glicerina de manzana de una marca alemana que ahora no recuerdo, de talco que sagradamente y vaya a saber una para qué, te ponías cada mañana después de la ducha con una bola de piel blanca, que el mismo talco, de esos antiguos, traían. Siempre pensé que todas las abuelas tenían un ritual sin propósito, pero en el que creían a pies juntillas. El del talco era el tuyo. Me agradaba que luego de cada crema, de cada elemento post baño, te sentías más despejada y lista para empezar un nuevo día. Cuando pequeña deseaba secretamente llegar a vieja con una pequeña rutina. Aún no elijo cuál, pero confío en que me quedan algunos años.
Tenías el olor al jardín, que en verano te gustaba regar. Olor a la lavanda de uno de los patios de atrás, olor al perfume que ocupabas - nunca el mismo - y a esos polvos horrorosos marca Angel Face que venían en un envase redondo color calipso.
Toda tu ropa, tus sábanas y tu pieza tenían ese aroma exquisito a limpieza. No a limpieza sin matices como resultado de medio litro de cloro tipo baño público. No. A manzanas verdes, galletas danesas, ropa limpia, suavizante líquido que usabas para toda tu ropa y a agua. Sí, era raro, pero tú siempre olías a agua, según yo. Amaba dormir en tu cama. Me gustaba despertarme siempre más tarde que tú y abrazarte, porque ya estabas impregnada de todos esos olores que las abuelas de antes, que se despertaban más temprano que nadie y ya habían echado a andar sus rutinas, tenían.
Por eso quise guardar tu olor, que estaba en tu carnet de identidad - probablemente conservaba tu aroma porque siempre se encontraba en el cajón de tu velador - y sorprendentemente, en el anillo que me regalaste. Por entonces, cada vez que sentía que tu cara se me desvanecía, cuando necesitaba la serenidad que me producía estar contigo o la alegría de estar en silencio y saberte presente, abría ese pequeño escondite. Pero el muy maldito quizás se aburrió y no quiso guardar tu esencia por tanto tiempo y de a poco, sin darme cuenta, la dejó escapar del todo.
Ahora ya no tengo tu olor. Sólo tengo una caja de madera con olor a palo de fósforo. Ya no está el anillo, aunque nunca lo saqué de ahí, y tengo un documento con una foto que jamás fue nítida y que dice Marta Vergara Vargas.

Etiquetas: , , ,

3 Comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]

<< Página Principal