P E R R O G A T O

Yo tengo un cocker. Se llama Troll. Raro nombre para un perro o casi cualquier otra cosa, pero tengo reminiscencias tan gratas con ese personaje de ficción (por favor, nada que ver con Harry Potter), que cuando me regalaron a ese perro no pudo recibir otro nombre. Troll es lo más y no podría cambiarlo por otra mascota.
Y siempre ha sido así, yo prefiero a los perros. Dog person, como se suele categorizar. ¿Por qué? No es muy difícil, considerando que me gustan los perros mamones tipo cocker: parecen personas. Alguien me señalaba el otro día que son necesitados, pero a mí me da la impresión que puedo reconocer sus gestos, sus cejas inexistente me indican cuándo está desconcertado, entiende cuando estoy enojada. Él me da todas las pistas que yo necesito para leerlo. Y lo hago, lo entiendo, lo veo, lo adoro. Lo acaricio, le hablo, me mira. Un lenguaje diferente. Perros civilizados. No sé. Troll es diferente, él tiene paciencia, se acerca a la gente que yo conozco de una manera que me resulta familiar y en él confío. Como esas monedas gringas: IN GOD WE TRUST. Duerme junto a mí, le gusta el tomate, el canal People & Arts, tomar una siesta exactamente en el lugar en que yo lo hacía hasta levantarme. Nos reconocemos, no lo puedo dejar. No querría.
Nos queremos, confío en él.
Como todo en mi vida es blanco y negro, la U y Colo Colo, Canal 13 y TVN, te insolas o tienes cuero de chancho, universidades privadas o tradicionales, etc., la pregunta que se debería formular sola es por qué a mí no me gustan los gatos. Es decir, por qué no soy una Cat person. Simple: no sé lo que piensan. Pues bien, para los listillos que me dirán que los animales no piensan... bueno, císquense. Los gatos son buenos para cuando uno quiere vanidad, cuando quieres agarrar un jabón y se escurre de las manos, cuando sientes que no te dan las respuestas suficientes, cuando alguien espera con suspenso el siguiente paso. Si ellos te eligen – y casi siempre es de esa forma y no al revés- deberías sentirte afortunado. Porque ya sabes, los gatos tienen 7 vidas, pero no desperdician ninguna. Todas son para su propio crecimiento y beneficio, por lo que no pierden el tiempo en lugares que no le satisfacen. Y caen parados. No importa cuántas piedras les arrojes mientras van pasando por una muralla, ellos saben cómo esquivarlas o cómo hacerte creer que les diste y luego maullar como al descuido.
No me gustan los gatos. No soporto a los que se salvan solos y después te miran con cara de autosuficiencia. No puedo aguantar a los que necesitan ese espacio para estar solos. Bien solos y que se los reciba de vuelta como el hijo pródigo, celebrando cada estiramiento como de Pilates. No, no podría ser una Cat person.
Y sin embargo, soy una abajista (o una arribista, según se considere). Tengo que tomar distancia, me gusta que me entretengan, aunque sé cómo hacerlo. Me he sentido ahogada cuando se me trata como gato de chalet y no he tenido peros en abandonar cuando la situación no es la que me acomoda. No regrets y con el engranaje funcionando. ¿Egoísta? Como un gato. Elijo con quién estar, porque no soporto imposiciones de ese tipo. De la misma manera, me cuesta aceptar presiones de otros. Porque siento que eso es lo que me permite respirar en paz. Tomo la iniciativa, me voy a los lugares donde no tengo una garantía de lo que va a pasar, ronroneo de satisfacción cuando me regalonean, cuando me hacen cariño donde me gusta. Aguanto las palmaditas en la espalda, pero no me convencen hasta no tener yo la certeza de que es el camino que quiero. Pero eso no basta en mi mundo. Por eso, cada cierto tiempo, me propongo sintonizar más con la resignación perruna, con el bueno ya, con tomar las cosas como vienen, con la incondicionalidad en todo aspecto. Y me pongo el típico collar canino con la inscripción detallada de mi dirección para cuando me convierta en gato, alguien sepa dónde debe dirigirme. Porque alguien como yo, en el fondo, siempre quiere ser como un perro.
Y siempre ha sido así, yo prefiero a los perros. Dog person, como se suele categorizar. ¿Por qué? No es muy difícil, considerando que me gustan los perros mamones tipo cocker: parecen personas. Alguien me señalaba el otro día que son necesitados, pero a mí me da la impresión que puedo reconocer sus gestos, sus cejas inexistente me indican cuándo está desconcertado, entiende cuando estoy enojada. Él me da todas las pistas que yo necesito para leerlo. Y lo hago, lo entiendo, lo veo, lo adoro. Lo acaricio, le hablo, me mira. Un lenguaje diferente. Perros civilizados. No sé. Troll es diferente, él tiene paciencia, se acerca a la gente que yo conozco de una manera que me resulta familiar y en él confío. Como esas monedas gringas: IN GOD WE TRUST. Duerme junto a mí, le gusta el tomate, el canal People & Arts, tomar una siesta exactamente en el lugar en que yo lo hacía hasta levantarme. Nos reconocemos, no lo puedo dejar. No querría.
Nos queremos, confío en él.
Como todo en mi vida es blanco y negro, la U y Colo Colo, Canal 13 y TVN, te insolas o tienes cuero de chancho, universidades privadas o tradicionales, etc., la pregunta que se debería formular sola es por qué a mí no me gustan los gatos. Es decir, por qué no soy una Cat person. Simple: no sé lo que piensan. Pues bien, para los listillos que me dirán que los animales no piensan... bueno, císquense. Los gatos son buenos para cuando uno quiere vanidad, cuando quieres agarrar un jabón y se escurre de las manos, cuando sientes que no te dan las respuestas suficientes, cuando alguien espera con suspenso el siguiente paso. Si ellos te eligen – y casi siempre es de esa forma y no al revés- deberías sentirte afortunado. Porque ya sabes, los gatos tienen 7 vidas, pero no desperdician ninguna. Todas son para su propio crecimiento y beneficio, por lo que no pierden el tiempo en lugares que no le satisfacen. Y caen parados. No importa cuántas piedras les arrojes mientras van pasando por una muralla, ellos saben cómo esquivarlas o cómo hacerte creer que les diste y luego maullar como al descuido.
No me gustan los gatos. No soporto a los que se salvan solos y después te miran con cara de autosuficiencia. No puedo aguantar a los que necesitan ese espacio para estar solos. Bien solos y que se los reciba de vuelta como el hijo pródigo, celebrando cada estiramiento como de Pilates. No, no podría ser una Cat person.
Y sin embargo, soy una abajista (o una arribista, según se considere). Tengo que tomar distancia, me gusta que me entretengan, aunque sé cómo hacerlo. Me he sentido ahogada cuando se me trata como gato de chalet y no he tenido peros en abandonar cuando la situación no es la que me acomoda. No regrets y con el engranaje funcionando. ¿Egoísta? Como un gato. Elijo con quién estar, porque no soporto imposiciones de ese tipo. De la misma manera, me cuesta aceptar presiones de otros. Porque siento que eso es lo que me permite respirar en paz. Tomo la iniciativa, me voy a los lugares donde no tengo una garantía de lo que va a pasar, ronroneo de satisfacción cuando me regalonean, cuando me hacen cariño donde me gusta. Aguanto las palmaditas en la espalda, pero no me convencen hasta no tener yo la certeza de que es el camino que quiero. Pero eso no basta en mi mundo. Por eso, cada cierto tiempo, me propongo sintonizar más con la resignación perruna, con el bueno ya, con tomar las cosas como vienen, con la incondicionalidad en todo aspecto. Y me pongo el típico collar canino con la inscripción detallada de mi dirección para cuando me convierta en gato, alguien sepa dónde debe dirigirme. Porque alguien como yo, en el fondo, siempre quiere ser como un perro.

5 Comentarios:
A la/s sábado, febrero 18, 2006 11:29:00 a. m.,
Anónimo dijo...
Hola Carola !!
Me encanto tu blog. Muchas gracias y en especial por el dato de esa radio isla negra. Esta harto guena.
Besitos
Javi
A la/s martes, febrero 21, 2006 1:05:00 p. m.,
Baguala dijo...
... si te tranquiliza, te asocio mucho más a un perro que a un gato. El problema es que, creo yo, todos somos una gran mezcla de animal-person.
Entonces un mismo día terminamos siendo elefantes, jaivas, cóndores, huemules, chinchillas...
me explico?...
Uf.
Un abrazo
A la/s martes, febrero 21, 2006 1:37:00 p. m.,
Anónimo dijo...
Como leía el otro día, "tener gato es como tener perro, pero en maricón".
Me alegro q estés de vuelta y aun espero q el reencuentro filial se lleve a cabo; ojo q la Isidora cumple un año el próximo lunes 27.
Un abrazo. Maura (la filial).-
A la/s miércoles, febrero 22, 2006 10:21:00 a. m.,
Penelope Glamour dijo...
Camila:
Por supuesto que me tranquiliza, siempre es mejor ser perro que gato (en mi humilde opinión).
Aunque tienes razón, muchas veces uno puede ser distintos o varios al mismo tiempo, como esos mitológicos que eran como una mazamorra de animales todo en 1.
No me digas cuál eres tú, lo voy a adivinar...
Maura (ex llorona, actual filial):
Tengo muy claro el cumple de la Isi, ok? hasta tengo regalo que está ahí, acumulado junto con los de navidad. Pero justo justo cuando viene franz ferdinand? y no me digas que se lo vas a celebrar el domingo, porque ese día planeo estar desmayándome en U2. Veamos qué se puede hacer.
Besos.
A la/s miércoles, febrero 22, 2006 12:30:00 p. m.,
Anónimo dijo...
Dear, llevar gorrito, bloqueador y vino-culares. Esperemos q Luis nos deleite con alguna de sus "Luchicosas".
Ah, y chócale, doggy forever, si no, cómo se explica el tapir disfrazado de can de la q soy ama?
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